Discurso de Angostura: libertad, justicia, grandeza y hermosura. Por Alí Ramón Rojas Olaya

 El discurso de Angostura fue redactado por el hombre cuyo corazón fue formado “para la libertad, la justicia, lo grande, lo hermoso” como le escribirá a Simón Rodríguez desde Pativilca el 19 de enero de 1824. Bolívar sabe que para lograr tan nobles propósitos humanos era vital: “Un gobierno eminentemente popular, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene la opresión, la anarquía y la culpa. Un gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz. Un gobierno que haga triunfar, bajo el imperio de leyes inexorables, la igualdad y la libertad”.




Cuando el Libertador Simón Bolívar pronuncia el discurso con el que se instala el congreso en Angostura el 15 de febrero de 1819, la Gaceta de Caracas calumniaba todas las acciones bolivarianas porque representaban un peligro para el gran capital europeo que; en manos de los Borbón, los Austria de la dinastía Habsburgo y demás oligopolios; seguían aferrados cual sanguijuelas a las venas abiertas que le proporcionaban los elementos de la tabla periódica en estas tierras.

Bolívar en el discurso inaugural esboza su ideario libertario integracionista, anticapitalista, antieurocéntrico y socioproductivo. Allí vislumbra lo que debe ser la Colombia que Juan Pablo Viscardo y Guzmán (1748-1798) bosqueja en su "Carta a los españoles americanos", documento publicado por primera vez en 1799 gracias a Francisco de Miranda (1750-1816) quien había delineado en 1798, una vez leída la carta de Viscardo, su “Proyecto de Constitución para las Colonias Hispanoamericanas”. Bolívar, seguro de hacer realidad su utopía, dice:

“Volando por entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos futuros, y observando desde allá, con admiración y pasmo, la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siento arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo, extendiéndose sobre sus dilatadas costas, entre esos océanos, que la naturaleza había separado, y que nuestra Patria reúne con prolongados, y anchurosos canales. Ya la veo servir de lazo, de centro, de emporio, a la familia humana; ya la veo enviando a todos los recintos de la tierra, los tesoros que abrigan sus montañas de plata y oro; ya la veo distribuyendo por sus divinas plantas la salud y la vida a los hombres dolientes del antiguo universo; ya la veo comunicando sus preciosos secretos a los sabios que ignoran cuan superior es la suma de las luces, a la suma de las riquezas, que le ha prodigado la naturaleza; ya la veo sentada sobre el Trono de la Libertad, empuñando el cetro de la justicia, coronada por la gloria, mostrar al mundo antiguo la majestad del mundo moderno”. Bolívar, en un acto de justicia para saldar una deuda histórica, propone que la capital de Colombia lleve el nombre de Bartolomé de Las Casas, para que su memoria siempre fuere enaltecida.

La esclavitud significaba para los imperios europeos la fuerza de trabajo que incrementaba su “sed insaciable de riqueza”, como definía Simón Rodríguez al capitalismo. Bolívar hace justicia cuando pide: “Yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República”. El Libertador era enemigo de la injusticia: “Haz a los otros el bien que quisieras para ti. No hagas a otro el mal que no quieras para ti; son los dos principios eternos de justicia natural en que están encerrados todos los derechos respecto a los individuos”. Su propuesta era clara: “Elevemos un Templo a la Justicia; y bajo los auspicios de su santa inspiración, dictemos un Código de leyes”.

La definición cultural que maneja Bolívar en el plano geopolítico tiene la altura analítica de un hombre de sus dimensiones:

“Al desprenderse la América de la monarquía española, se ha encontrado semejante al imperio Romano, cuando aquella enorme masa cayó dispersa en medio del antiguo mundo. Cada desmembración formó entonces una nación independiente conforme a su situación o a sus intereses; pero con la diferencia de que aquellos miembros volvían a restablecer sus primeras asociaciones. Nosotros ni aun conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición de los invasores; así nuestro caso es el más extraordinario y complicado”.

Y es tal su concepción cultural que el Libertador asume la emancipación desde una perspectiva antieurocéntrica:

“Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte, que más bien es un compuesto de África y de América, que una emanación de la Europa (…) ¿No dice el Espíritu de las Leyes que éstas deben ser propias para el pueblo que se hacen? ¿Qué es una gran casualidad que las de una nación puedan convenir a otra? ¿Qué las leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima, a la calidad del terreno, a su situación, a su extensión, al género de vida de los pueblos? ¿Referirse al grado de libertad que la Constitución puede sufrir, a la religión de los habitantes, a sus inclinaciones, a sus riquezas, a su número, a su comercio, a sus costumbres, a sus modales? ¡He aquí el Código que debíamos consultar y no el de Washington! (…) Que los errores e infortunios del mundo antiguo enseñen la sabiduría y la felicidad al mundo nuevo. Que no se pierdan, pues, las lecciones de la experiencia; y que las escuelas de Grecia, de Roma, de Francia, de Inglaterra y de América nos instruyan en la difícil ciencia de crear y conservar las naciones con leyes propias, justas, legítimas y sobre todo útiles. No olvidando jamás que la excelencia de un gobierno no consiste en su teoría, en su forma, ni en su mecanismo, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la nación para quien se instituye”.

Bolívar, que ya en 1817 le habla a su pueblo de la necesidad de acomunarse, entiende que la educación socioproductiva es la manera de crecimiento moral, económico, cultural y social del pueblo: “He pretendido excitar la prosperidad nacional por las dos más grandes palancas de la industria: el trabajo y el saber. Estimulando estos dos poderosos resortes de la sociedad, se alcanza lo más difícil entre los hombres, hacerlos honrados y felices”.

El discurso de Angostura fue redactado por el hombre cuyo corazón fue formado “para la libertad, la justicia, lo grande, lo hermoso” como le escribirá a Simón Rodríguez desde Pativilca el 19 de enero de 1824. Bolívar sabe que para lograr tan nobles propósitos humanos era vital: “Un gobierno eminentemente popular, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene la opresión, la anarquía y la culpa. Un gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz. Un gobierno que haga triunfar, bajo el imperio de leyes inexorables, la igualdad y la libertad”.

José Domingo Díaz, el sangriento redactor de la Gaceta de Caracas, semanario que habían fundado los invasores españoles el 24 de octubre de 1808, al hablar del Libertador, confiesa con malevolencia y nerviosismo: “La imprenta es la primera arma de Simón Bolívar, de ella ha salido el incendio que devora a América, y por ella se ha comunicado con el extranjero”. ¡Bolívar vive!

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