Soplillar, otra vez de noche buena

 
Y es que Soplillar es eso, un pedazo de Ciénaga endulzada por su historia y su cultura, es una casa gigante donde la familia de soplillareños se ayuda, se alimenta con la sonrisa de cada uno de sus miembros, se respeta y comparten la felicidad con un alto sentido de pertenencia, por eso entiendo las palabras de Urbano cuando me dijo: “…Soplillar pa´mi, fue donde nací y aquí quedan los huesos míos pa´ siempre, no voy a irme de aquí nunca…
 
 
Por Efraín Otaño Gerardo
Fuente: Cubadebate 
 
….Soplillar pa´mi,
fue donde nací y aquí quedan
los huesos míos pa´ siempre,
no voy a irme de aquí nunca…
Urbano Bouza (poblador de Soplillar)


“La felicidad no se da ni se regala, sólo se comparte”, escuché cierta vez decir a un amigo.

Y Soplillar me ha demostrado que esa frase es cierta. Sus hombres comparten la felicidad de vivir en ese pedazo de tierra cenaguera, como si el tiempo fuera entonces una sonrisa más. Si, porque para el soplillareño los días no pasan sin apenas saborear el olor a monte de sus linderos y encontrarse con ese don del ser humano de calentar con el brillo de sus palabras cada manquedad surgida en el frescor de una vida colmada de guerras mundiales, de terremotos, de crisis económicas, de epidemias, etc…

Para Soplillar, el día comienza temprano, cuando los gallos dan sus primeras clarinadas y la familia de hacheros y carboneros absorben apurados su café y salen a desafiar la humedad del pantano y el ataque de los mosquitos.

El mugir de las vacas de algunos de los pobladores también forma parte del coro de sonidos matinales de los rincones de Soplillar.

Ahí está todo lo que la gente quiere: la escuelita, el consultorio médico, la bodega, el punto de gastronomía, el cinecito, la sala de lectura, el memorial biblioteca, el cuadro de pelota, en fin, esas pequeñas cosas que a diario enriquecen el espíritu de este batey de la Ciénaga de Zapata.

Pero si quitamos todo eso, la carretera, las casas, la luz eléctrica, el teléfono, el círculo y hacemos funcionar la máquina del tiempo de Wells, y nos trasladamos 600 años atrás, podríamos encontrar en predios de Santa Teresa, a los agricultores ceramistas de la cultura subtaína, que prefirieron las únicas tierras ferralíticas rojas de esta gran cuenca, para establecer sus condominios.

Y si avanzamos de nuevo hacia nuestros días, pasaremos por los ocultos trillos utilizados para el paso de la trata de negros esclavos que desembarcaban en La Máquina y se movían a través de los montes aledaños al Soplillar.

Seguimos caminando por el espacio-tiempo y llegamos a las huestes mambisas que acamparon en Soplillar, encabezados por nuestro patricio, Eulogio Lobato y la utilización de estos bosques para ubicar con discreción los Hospitales de Sangre de la gesta del siglo XIX.

Y el inicio del XX, comenzó con la andanza en estas tierras de los Mirandas, que trajeron la cultura tabacalera a sus tierras rojas, de los Socorros, de los propios Lobatos González, de los hispanos que trajeron la cultura forestal y sus canturías y velorios.

La máquina se mueve más de prisa y paso por la primera nochebuena con Fidel y la Campaña Nacional de Alfabetización, los festivales de base del carbón, de la visita del Indio Naborí al Hogar Cucalambé, del puerco asado de Leovigildo y de otras más que yo sé que existen y que no las puedo conocer todas. Y que ojalá entre todos recopilemos todas esas vivencias.

Por eso quedan muchas cosas que decir de Soplillar, del poeta García y de Ramona; de los Pintinos y su carroza “El huevazo”, de su afición por los torneos; de la tradición beisbolera del poblado encabezados por Diego Cobas y Yoyi.

Es que junto con lo que ha pasado en Soplillar, lo más importante es su gente, la que camina sin notarse por los trillos de esa localidad y sueña con la tranquilidad de los potreros y de poder cazar cocuyos en las noches.

Y entre su gente, contar con Nemesia, la niña carbonera, que los invasores una vez le agujerearon sus zapaticos blancos, pero no le pudieron agujerear los sueños, porque a los sueños no le entran las balas; con Haydee, la hija de Pelao y Pilar, los anfitriones de la humilde choza donde cenó Fidel aquella nochebuena histórica de 1959; con Lucía, que estudiaba la alfarería cuando perdió a su madre en lo de Girón y quebró su voz para siempre, por el dolor de la pérdida; con Esterbino o Tanganica, como le decían, que heredó de sus ancestros la cultura del conuco y el verso improvisado, con Urbano Bouza, que nunca abandonó su Ciénaga ni renunció a Soplillar a pesar de ser, por siete años el ayudante de Rita Longa en sus esculturas de la Aldea Taína de Guamá y que aseguró que aquí se quedarán sus huesos para siempre, de Elvira Socorro, de los Chávez, de los Garcías, los Caballeros. Y sería interminable la lista, de los que están y de otros que le dieron vida a Soplillar. Como no recordar a Machito, al “negro” Fuentes, a Bienvenido, al propio Pelao, Cotín, el viejo Chávez y muchos otros que eran inmortales “personajes” del poblado.

Y es que Soplillar es eso, un pedazo de Ciénaga endulzada por su historia y su cultura, es una casa gigante donde la familia de soplillareños se ayuda, se alimenta con la sonrisa de cada uno de sus miembros, se respeta y comparten la felicidad con un alto sentido de pertenencia, por eso entiendo las palabras de Urbano cuando me dijo: “…Soplillar pa´mi, fue donde nací y aquí quedan los huesos míos pa´ siempre, no voy a irme de aquí nunca…
 
Fidel en la Cena Carbonera.
Fidel en la Cena Carbonera.
Fidel en la Cena Carbonera de Navidad.
Fidel en la Cena Carbonera de Navidad.
 

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