Simón Rodríguez y la revolución cultural. Por Carmen Bohórquez

Si queremos tener República, decía Simón Rodríguez, tenemos que formar republicanos. Si queremos tener patria, tenemos que hacernos patriotas. Si queremos superar la actual condición de dependencia, decimos ahora, y construir naciones soberanas y sociedades justas tenemos que formar a los nuevos hombres y a las nuevas mujeres que le darán concreción y perennidad. Porque al igual que ayer, sólo construyendo la conciencia de esa responsabilidad colectiva podremos evitar la reproducción de las relaciones serviles hacia nuevos imperios y la continuidad de la negación de la propia cultura.






Con nuevos ropajes vivimos hoy la reproducción, en términos reales, de la relación imperio-colonia que históricamente ha venido interponiéndose entre el derecho de los pueblos a su plena realización en libertad y la concreción y el ejercicio soberano de ésta. Y como hace 200 años, no lograremos romper definitivamente esa coyunda y consolidar las transformaciones que han venido dándose en los últimos años en Nuestra América, si en lo inmediato no logramos producir, junto a la revolución política y económica, una revolución cultural, una revolución de las conciencias. Para ello, como lo subrayó tantas veces el Comandante Chávez, se hace necesario, antes que nada, la adquisición de conocimientos. Ya lo dijo también Bolívar: un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción. Es decir, el valor fundamental sobre el cual construir y consolidar la libertad es sin duda alguna el conocimiento, es decir la educación del pueblo, bajo todas las modalidades.

Uno de los primeros en comprender y tratar de desentrañar la naturaleza de la perversa relación imperio-colonia, y de proponer medios para su superación fue Simón Rodríguez, el maestro del Libertador Simón Bolívar. Con insistencia señalaba que la cuestión fundamental no radicaba en triunfar militarmente sobre las fuerzas realistas ni en expulsar a los funcionarios del Rey de nuestras tierras y asumir en mano propia el gobierno, sino en lograr erradicar de nuestra mente y de nuestros espíritus la condición de vasallos: sólo erradicándola seríamos capaces de construir la sociedad nueva. Las guerras de independencia, dice en Luces y Virtudes Sociales, transformaron ciertamente a las colonias en nación, pero el problema mayor radicaba en constituir a las naciones en repúblicas.

Para Rodríguez, ese era el problema fundamental a resolver, aunque no fueron muchos los que en ese momento se hicieron capaces de comprenderlo. Y no sólo porque privaran en ellos sus propios intereses personales o de clase, sino también porque el compromiso de hacer República, de actuar republicanamente implicaba un ejercicio de autonomía y de responsabilidad propia cuyo sentido, de hecho, había sido cercenado por tres siglos de total dependencia de España, tanto en lo material como en lo cultural. Europa, y España en particular, se habían reproducido en cada rincón de América. La monarquía era concebida como el único modelo político posible, y lo era además por la gracia de Dios; en tanto que la condición de súbdito, amén de haberse internalizado como identidad política, había casi anulado el sentimiento de responsabilidad moral respecto a los asuntos colectivos. Es lo mismo que uno observa hoy respecto no sólo a los grupos de oposición al gobierno sino también respecto a supuestos revolucionarios cuya identidad política, cuyo modelo de vida es el modelo mayamero, el modelo del consumismo y del bienestar personal por encima del bienestar del colectivo.

En otras palabras, contrario a la monarquía en la que la responsabilidad por lo bueno o lo malo provenía de una sola fuente de poder: el Rey, la República hacía libre y responsable del bien común a toda la sociedad. Por eso para hacerse libre había que aprender a serlo. Si queremos tener República, decía Simón Rodríguez, tenemos que formar republicanos. Si queremos tener patria, tenemos que hacernos patriotas. Si queremos superar la actual condición de dependencia, decimos ahora, y construir naciones soberanas y sociedades justas tenemos que formar a los nuevos hombres y a las nuevas mujeres que le darán concreción y perennidad. Porque al igual que ayer, sólo construyendo la conciencia de esa responsabilidad colectiva podremos evitar la reproducción de las relaciones serviles hacia nuevos imperios y la continuidad de la negación de la propia cultura.

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