La voluntad de prevalecer. Por Mario Cremata Ferrán

Cada 15 de noviembre, la víspera del aniversario de la ciudad,
niños de las escuelas del Centro Histórico encabezan,
junto al Historiador, la tradicional ceremonia
en torno a la ceiba. 
Foto: Jorge García
He sido un guardián de la memoria, y ese menester no concluirá, aunque reconozco que me faltarían otras vidas para conducir la faena de mis desvelos, revela Eusebio Leal, para quien La Habana es un tesoro intemporal que nos concierne a todos: los que fuimos, los que somos y los que serán.

Fuente: Juventud Rebelde  



Pocos como él han batallado desde el corazón por conquistar el alma de los nuestros. Pocos con similar perseverancia han advertido que la cotidianidad del cubano está signada por su realidad insular. Nadie lo supera cuando se trata de convertir en credo la «habaneridad». Nadie, al menos con la devoción y el poder de convencimiento de los que él puede presumir, ha hecho notar lo urgidos que estamos de dejar espacio a la poesía.
Como su predecesor, no cambia ningún título por el de Historiador de la Ciudad. Obsesivo con su trabajo, confía más en el hacer que en el decir. Apelar a los valores de nuestra tradición ética ha sido, para él, voto a perpetuidad. Sabe que la raíz, el punto de partida de los sentimientos cubanos, es de carácter cultural, de ahí que esa sea la clave del éxito de su proyecto social.
Es un hombre de desafíos que ansía trascender en el tiempo, y que se ha empeñado en ser singular sin renunciar a ser leal. Cuando pasen los años, los habaneros y, más que eso, los cubanos, podrán susurrarle con orgullo a sus hijos lo que él mismo a los suyos cuando les hablaba de Martí: este hombre trató de dar solución a grandes enigmas y complejidades de su época, del futuro; de todos los tiempos…
Fina García Marruz le ha confesado en una carta, lapidaria: «…En su sacrificio humilde, en la entrega tenaz de sus horas, en la vehemencia prometeica con que ama a La Habana, Eusebio Leal, como en tantas otras cosas, es donde está su huella. Cuando lo olviden los hombres, todavía lo recordarán las piedras».
—Invocar aquel adagio de que la Historia es la crónica de los acontecimientos tal como fueron, mientras la Poesía nos devuelve el cómo debieron ser, supone reivindicar el imperio de la subjetividad. ¿Qué es para usted la Historia?
—Hay que desterrar los espejismos. Trasciende de la historia lo esencial. Los documentos son fuente del conocimiento, pero también una aproximación a la realidad. De un mismo acontecimiento existen numerosas versiones, y queda al historiador y al lector, beber en las fuentes de la memoria popular. La Historia es siempre una construcción que armamos con los testimonios o los documentos que tenemos a mano, muchas veces sin privilegiar una visión abarcadora, potenciando la cuestión episódica en vez del alcance global.
«Cintio Vitier me refería que Martí, enfrascado en la formulación de su proyecto nacional, se había esforzado por unir los cabos sueltos, para lo cual requirió, también, papeles. Pero el yacimiento documental no lo revela todo. No puedo permitirme optar por lo que otros desbrozaron y quedarme ahí. Las limitaciones existen. Todo es acumulación, nunca capítulo cerrado.
«Es preciso equilibrar lo escrito con lo no escrito. Sin restar mérito a aquello que es propio de las emociones, de la condición humana de los protagonistas o testigos, hay que entender la Historia como sistema donde hay claves que todavía aguardan, a la espera de ser exhumadas. Y algunas han de ser clarificadoras».
—Con apenas un sexto grado de escolaridad y los arrestos propios de los 25 años, usted se hizo cargo de la restauración del Palacio de los Capitanes Generales, al tiempo que rescató la Oficina del Historiador de la Ciudad. Con hálito retrospectivo, ¿qué considera fue lo más difícil?
—Figúrate…, creo que lo más arduo fue la lucha por hacer prender una conciencia. Recuerdo cuando todo comenzó, los años en que éramos tenidos por dementes. «Está loco, pero es trabajador», decían, como consuelo piadoso, mientras yo comprendía que ese apelativo, ¡loco!, encarnaba un atributo para bautizar lo que poco a poco pudimos ir acumulando. Y desde esa época acepté como parte mía tan noble dictado.
«Porque no pierdas de vista que el sentimiento de aproximación a estos valores que hoy emergen con claridad es contemporáneo a nosotros. Por mucho que algunos precursores batallaron para crear una conciencia acerca de lo que poseíamos, se afirmaba que era pasión romántica atribuirles amplios méritos a nuestras pequeñas ciudades del ámbito caribeño. La eterna comparación con los grandes enclaves de la cultura universal, frente a los cuales lo nuestro era pírrica fantasía.
«Ese fue el punto de partida, hasta que logramos abrir las primeras salas del Museo de la Ciudad. De entonces a acá, la historia es infinita».
Una de las galerías de la planta alta del Museo de la Ciudad. Foto: Omar Sanz

—¿Dónde reside ese sortilegio tan propio de La Habana?
—Con frecuencia se elogia el diseño de una ciudad suavemente reclinada junto al mar. O se pondera su dimensión patrimonial. Ciertamente La Habana goza de una singular monumentalidad y de marcados contrastes; es un mosaico que nos permite acercarnos a una interpretación del mundo.
«Desde el punto de vista arquitectónico aquí están sintetizados los estilos imperantes en la que fuera metrópoli: el renacimiento y hasta el “remordimiento” español, la pincelada morisca, el gótico… Las pinturas murales, que todavía emergen debajo de las sucesivas capas con que fueron cubiertas algunas paredes añosas, son un resplandor de Pompeya y Herculano en La Habana.
«Como gustaba decir a Carpentier, cuando evocaba el fabuloso barroquismo, la sustancia ecléctica: “es un estilo sin estilo”. Quiere decir que esta es tierra de convergencia, de apertura, de multiculturalidad.
«Esa riqueza me llevó a comprender que no podíamos limitarnos a un período histórico determinado; que no solo lo pretérito, sino también lo moderno ha dejado una marca, una huella indeleble. Y por supuesto, está la gente, que da sentido a la urbe y permite refrendar la naturaleza inacabada de cualquier empeño cultural».
—A propósito, hay quien cuestiona determinadas decisiones, sobre todo las que tributan a la pincelada moderna, porque supuestamente atentan contra la armonía del paisaje urbano. ¿Qué les respondería?
—Que no me espantan tales cuestionamientos. Siempre me mostré opuesto a la momificación de la ciudad. No sería sensato presentar una vitrina del pasado. Imagina qué hubiese sido de nosotros de habernos conformado con ser una especie de sucursal de escuela de embalsamadores egipcia.
«Defendí y defiendo, en los casos que considero válidos, emprender intervenciones con soplo moderno dentro del núcleo viejo. Pero es muy peligroso si se asume como aventura, ya que puede modificarse de manera irresponsable un trazado urbanístico que permaneció inalterado. Hay procedimientos que son irreversibles, y ante los cuales, aún a riesgo de contradecir lo que de antemano previmos, no es posible transigir. Incomprensiones existirán, mientras no se agote la capacidad de soñar».
—Incluso para quienes no lo conocen personalmente, usted proyecta la imagen de un batallador incansable, de alguien que jamás se da por vencido…
—No creas que en toda hora me complace esa apreciación, pero es cierto que no me rindo ante lo que parece imposible. Mis vestiduras han sido diana de incontables agresiones, de las cuales me defendí como pude. Sin embargo, poniendo a un lado esas grisuras, en tiempos de desvergonzado belicismo prefiero enaltecer la resistencia pacífica.
«Cuando nos acercábamos a la recta final en la reconstrucción del inmueble que sería la Casa Víctor Hugo, inicié los trámites para traer una piedra de la Catedral de Notre Dame. Hubo quien se apresuró y catalogó la idea de inadmisible. Yo, en vez de aflojar, repliqué: “Y si me pueden certificar que la tocaron Esmeralda y Quasimodo, mejor”.
«Hasta una autorización se pidió al Cardenal Arzobispo de París, pero ahí está la piedra, como un tributo a los lazos culturales entre Francia y Cuba; como un símbolo de la francofonía y también de la persistencia».
—Y en cuanto a lo cubano, ¿por qué ese afán de rescatar todo aquello que remita a los albores, a la idea de nación?
—He sido partidario de restituir los     símbolos, porque creo firmemente en ellos; en su valor exclusivo y en cuánto puedan allanar el camino para una menos imperfecta comprensión de la verdad: esa que reside en la conciencia de cada individuo. Y todavía soy capaz de poner mi mano sobre tales vibraciones…
—Transcurrido medio siglo, ¿cómo evalúa la gestión de la Oficina del Historiador?
—La Oficina del Historiador de la Ciudad no es más que un seudónimo de la nación y expresión de una voluntad política. Nos enorgullecemos de su nombre y declaramos que no ha sido autónomo capricho: fue preciso conjugar la capacidad con la voluntad del Estado.
«Gracias a mi tiempo, pude realizar eso que algunos llaman mi obra, apenas un destello de la obra mayor, que es la Revolución. Por encima de todo, tengo la satisfacción de haber podido ser leal a los postulados del doctor Emilio Roig de Leuchsenring, mi predecesor de feliz memoria.
«Hay que ver el asunto de la restauración no solo desde los valores que ella implica, que son intrínsecos. Hablamos de ciudad habitada. Atendamos a lo que ha generado, a los reconocimientos que a nivel mundial han encomiado nuestro modelo de sustentabilidad. Ejercitemos la memoria. Más que constructivo, el nuestro ha sido un empeño cultural. La agonía mayor es lo que resta por hacer».
—Al pensar en todos esos méritos que acumula, se me ocurre tomarlos como emblemas de su voluntad de prevalecer. ¿Cómo los recibe?
—Con ardiente y momentáneo alborozo. Muchos años atrás, cuando en el camposanto camagüeyano descubrí la losa sepulcral de la ilustre familia Cisneros Betancourt, lo comprendí de modo inmejorable: «Mortal, ningún título os asombre. Polvo, y solo polvo cualquier hombre». Desde ese día entendí que las veleidades son cosa efímera, por cómodo que sea sucumbir al elogio. Al final, los honores son, si acaso, pergaminos que quemará la viuda.
—Usted rememoraba la proyección institucional durante los últimos 50 años. ¿Cuál es el saldo en el orden personal?
—He sido un guardián de la memoria, y ese menester no concluirá, aunque reconozco que me faltarían otras vidas para conducir la faena de mis desvelos, la que ha consumido mis mayores energías.
«Hay que entender el ocaso como un proceso biológico, de declinación natural. Pero como Manrique, exclamo: ¡de qué callada manera el tiempo se fue! Sin embargo, la obra de la Oficina del Historiador ha de trascenderme a mí, a ti y a todos. Tiene que perdurar más allá de nosotros».
—La ceiba que recientemente se alza en El Templete, ¿acaso marca una nueva etapa?
—Yo creo que sí, que podríamos tomarla como una metáfora tentadora. Hago votos por su salud y a su sombra confío mi propia suerte, cuando faltan pocos años para celebrar el medio milenio de la fundación de la villa.
«El árbol que se retiró había sido plantado en los primeros meses de 1960, cuando el anterior fenecía con el viejo régimen. Ahora el país se actualiza, asume nuevos derroteros. Por eso es indispensable seguir dando la vuelta a la ceiba, con el anhelo de que en esa espiral el tiempo nos abrace. Pero cuidado con las falsas apariencias: lo que consigamos en lo adelante, por más que tenga su raíz en la fe, no podrá caer como regalo    divino, sino como resultado del tesón   humano».
—El Centro Histórico se abre a la pluralidad de culturas, visiones e incluso religiones. ¿Cómo ampara semejante concordia sin menoscabo de su propia fe?
—Soy cristiano, pero la madurez que sólo conceden los años me proveyó de una visión ecuménica, no solo en lo tocante a la fe, sino a que no es posible renunciar a una concepción humanista. Hoy por hoy uno de mis grandes orgullos es saber al Centro Histórico poliedro de confesiones religiosas donde conviven el Cardenal, las iglesias ortodoxas rusa y griega, un templo protestante evangélico, una sinagoga, las hermandades masónicas, fraternidades de origen africano…
—Historiador, ¿con qué ojos deberían mirar esta ciudad quienes la habitan, independientemente de que sean o no habaneros?
—Con los del amor. ¡Cómo no admirar, con ojos deslumbrados, aquello que por derecho nos pertenece, que es sagrado y ha de permanecer intocable!
—¿Cómo piensa y cómo ve La Habana del futuro alguien que apuesta por el diálogo permanente entre pasado y presente?
—Tendrá que ser mejor que esta. Es legítimo que así sea. El deterioro es evidente; lo ha sido y lo es. Pero me aferro a la utopía, que es la máxima aspiración de aquel que no deja de soñar, porque significaría dejar de existir. Como sabes, la utopía no es, en mi caso, una tendencia a lo fantástico, lo vacío… Aprecio los fundamentos. Cuando te digo utopía me estoy refiriendo a la concreción de un ideal, a la realización de un proyecto.
«Hay que seguir cultivando el don de la imaginación. La Habana es un tesoro intemporal que nos concierne a todos: los que fuimos, los que somos y los que serán».
—¿Y cómo quisiera ser recordado mañana por sus conciudadanos, principalmente aquellos que no vivirán «su» tiempo?
—Como un hombre que tuvo una iluminación personal que le indicó no cruzarse de brazos cuando otros fueron proclives al olvido. Un hombre que defendió con denuedo la unidad de la nación, como una perla de nuestra cultura. Alguien que ni siquiera en tiempos apocalípticos renegó del componente utópico, de ese sentido tan propio del espíritu romántico, absolutamente consciente de que, como suelo decir, la mano ejecuta lo que el corazón manda.
«Un hombre que no fue ajeno a las tribulaciones más tremendas, pero que supo remontar sus debilidades y hasta extravíos. En definitiva, un cubano que fue fiel a su sueño, ese que en gran medida pudo realizar, a expensas de laceraciones y vilezas, y sacrificando su vida privada. A fuerza de voluntad, porque fundar es fácil; lo difícil es perseverar».
—A estas alturas, ¿teme al juicio futuro sobre su obra y su persona?
—«¡Tanto esfuerzo —se dolía Martí—, para dejar a lo sumo, como memoria de nuestra vida, una frase confusa, o un juicio erróneo, o para que lo que fueron montes de dolor parezcan granilla de arena, en los libros de un historiador!»… Pero consecuente con otra aspiración del Apóstol digo que no será mi nombre, miserable pavesa, lo que pretenda salvar, sino mi patria.
«Así que con la frente alta asumo el veredicto favorable y desfavorable, tanto de mis contemporáneos como de los que por lógica natural no vivirán mi tiempo. Aunque presumo que los cubanos del futuro habrán de juzgarnos sobre todo por lo que no hicimos».
—Con obstinada recurrencia, ante sus colaboradores —nuevos y viejos—, usted apela a la continuidad del proyecto. Pero a falta de cabeza visible muchos se preguntan: ¿y quién sustituirá a Eusebio Leal Spengler?
—Eso no lo sé, ni creo que alguien lo sepa. No me creo un elegido ni pienso que todo pueda reducirse a un liderazgo, ni a un modo de pensar y obrar. Gravita, desde luego, un principio de autoridad, pero ese hay que ganárselo en el bregar cotidiano. Más importantes son las convicciones.
«Lo sensato es continuar ese apostolado; no dejar que languidezca, no permitir que se eclipse. Por ello abrigo el anhelo de que, sin abrazar dogmas, otros sabrán proseguir la obra, inaugurarán nuevas sendas, imprimirán su carácter y levantarán su propio legado.
«Yo apenas me considero el mascarón de proa, por lo que más que individualizar el fenómeno, de identificar un sustituto, prefiero verlo en términos de continuadores, así, en plural. Los niños constituyen el germen de esa continuidad, si bien depende de los adultos que esta se anuncie promisoria. Tengo la certeza de que esos andan por ahí, deambulando por las calles, a la vuelta de la esquina».

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